De vivir en la playa a vivir la playa

Mi otra familia: Los sierras.

Como ya hemos comentado en anteriores post, en el trabajo de socorrista de playa (hago referencia a la playa por ser el medio que mejor conozco), se viven situaciones que contienen una fuerte carga emocional. A los socorristas les llamamos sierras, porque empieza con la letra “s” y la clave de esta letra es sierra según el alfabeto radiofónico, el cual utilizamos para codificar nuestras comunicaciones y así ser más efectivos y profesionales. La semana que viene os contaremos con más detalle como funcionan esas comunicaciones…

En Baleares la temporada suele alargarse 6 meses, del 1 de mayo al 31 de octubre. La naturaleza intrínseca del trabajo hace que una vez comienza la temporada tu vida se transforma; pasas de vivir en la playa, a vivir la playa. Se suele estar ocho horas diarias y casi todos los días de la semana. Comienzas a dejar de ver a tus amigos y familiares. Normalmente los festivos estás trabajando y lo más probable es que no tengas libre los fines de semana. Cuando llega el día libre sueles acabar en una playa, a poder ser que no sea la tuya, porque tu pareja, tus amigos, tu familia, quieren ir a la playa. Una vez comienzas en la playa, los veranos ya no son iguales.

Es significativo y un privilegio poder ver los cambios que se producen en los sierras (socorristas) a nivel individual durante su primer año. A nivel grupal la transformación es aún mayor. A principio de temporada, normalmente, hay dos grupos: los que continúan del año anterior “los veteranos” y los que empiezan su primera temporada, una hornada de recién titulados “los nuevos”. Comienzan a pasar los días, y comienza la tensión, las emergencias, las horas chupando torre, y nacen vínculos con esas personas que hasta hace poco no conocías que convierten al equipo de salvamento en una auténtica familia. En parte es una necesidad, ya que no puedes compartir ciertos momentos más que con ellos, en especial los momentos en los que la vida de una persona está en juego…

y ese grupo humano que hasta hace poco no se conocía, produce una suerte de magia, gracias a la cual el equipo funciona como un reloj, sin hablar, concentrados, comunicándose con una simple mirada, porque todos saben lo que tienen que hacer, porque todos saben que su compañero está ahí.

En estas situaciones “los nuevos” y “los veteranos” agradecen haber realizado ejercicios prácticos durante toda la temporada, porque gracias a los ejercicios, hacen que puedan responder ante una emergencia coordinados como si fueran una orquesta, a las órdenes de la batuta de su director, (el coordinador o responsable de empresa).

Tu compañero está cuando te tiras al agua y sales con la víctima, cuando estás reanimando y necesitas un relevo, cuando tienes un gripazo y no aguantas más en la torre o cuando te falla el coche con la posibilidad de que llegues tarde. En este último caso, los dos compañeros resolverán la situación, porque nunca se deja solo a un compañero.

Todo lo bueno que hay en un ser humano aflora cada año en la playa, en verano, como una tardía primavera. Se debe a la confianza que se construye día a día en el equipo de salvamento. Sin esa confianza y esos vínculos personales además de la enorme gratitud personal de poder ayudar a las personas, se me hace imposible imaginar la temporada en la playa. Y son también los responsables de que cuando acabe la temporada normalmente haya una o dos personas que van a formar parte para siempre en tu vida.

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