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Uno de nuestros supervisores nos hace llegar este artículo, no desea firmarlo, «es un trabajo de todos» dice… poco hay que añadir a sus palabras, un suspiro de satisfacción y deciros con la boca llena y en mayúsculas… ¡¡ESTOS SON NUESTROS SOCORRISTAS!!

Playas accesibles.

La temporada alta ha bajado el telón para dar paso a la temporada baja en las playas del municipio de Palma. Septiembre hace acto de presencia bajo un sol enmudecedor… silencio roto únicamente por el bramar de las olas, sus sábanas de espuma y el tímido susurro de la brisa mediterránea. La afluencia ha disminuido considerablemente; los niños han abandonado a su suerte sus fortalezas de arena para retomar el curso escolar y los adultos regresan a sus oficinas, rutinas y demás quehaceres. Aún así, algunas hormiguitas siguen asomando la cabeza en la playa si el día acompaña.

Los socorristas reducimos la jornada laboral sin cambiar de escenario. Tenemos la suerte de trabajar en una “oficina” muy particular. No tiene paredes ni pasillos estrechos, ni siquiera ventanas. Mi oficina al aire libre destila quietud y paz, aroma de salitre. Mis pies caminan descalzos, con arena blanca y fina entre los dedos. Incluso diría que más que un lugar de trabajo, se ha convertido en una amiga y compañera. Convivo día a día con ella y me gusta caracterizarla como un ente personal y hospitalario que nos da cabida a todos nosotros, sus huéspedes, sin pedir nada a cambio. Se trata de un idilio incomprendido.

Estoy preocupado porque mi querida playa lleva días despertando apagada y somnolienta, como si le faltara esa chispa que la despertara y activase de buena mañana. Su desayuno, su café con leche de buenos días. Quizá eche en falta un elemento que la mantenía viva… Y lo cierto es que las playas son menos accesibles desde el inicio de la temporada baja. Puede que el ciudadano de a pie no lo perciba a simple vista, pero existe un colectivo minoritario y silencioso que por desgracia sufre esa falta de accesibilidad en primera persona. La playa se encuentra triste y melancólica porque, pese abrir sus puertas de par en par cada día sin distinciones, no puede hacer nada para que este colectivo, muchas veces olvidado e ignorado, pueda visitarla y gozar de sus maravillosas virtudes. La sociedad cree en la playa como lugar de ocio público y al alcance de todos, pero lamentablemente esta creencia dista mucho de la realidad.

Dejando a un lado metáforas y florituras, explicaré la situación con datos concretos:

Del 15 de junio al 15 de septiembre (periodo de temporada alta) los socorristas de las playas de Palma brindamos un servicio gratuito de accesibilidad para todos aquellos usuarios que, ya sea por discapacidad física, psíquica y/o sensorial, no pueden disfrutar de la playa en su plenitud. Contamos con material para ello, desde muletas y sillas anfibias hasta el baño adaptado, incluso una zona de reposo con sombra para garantizar su cómoda estancia, tanto de ellos como de sus acompañantes. Nuestra labor consiste en introducciones y extracciones del agua y, si fuera necesario y el usuario particular hubiera venido sin compañía, también ofrecemos acompañamiento hasta que decida salir del agua. Son numerosos los usuarios particulares que durante la temporada visitan habitualmente la zona de accesibilidad y, en los anteriormente mencionados acompañamientos que realizamos, forjamos con ellos verdaderos lazos afectivos. Empezamos charlando de la meteorología y del estado marítimo para acabar contándonos nuestras inquietudes, anécdotas, incluso problemas personales.

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Pero si hay algo que de verdad destaca de los usuarios con algún tipo de discapacidad, es ante todo, la gratitud. Sí, son extremadamente agradecidos. Ellos interpretan que les hacemos un favor, que para nosotros es un esfuerzo mojarnos el bañador para conducirles al mar o remolcar una silla anfibia; pero nada más lejos de la realidad. Para el cuerpo de vigilancia de las playas de Palma es un placer disfrutar de cada instante junto a personas que se consideran privilegiadas disfrutando de las aguas mallorquinas, porque realmente el privilegio es nuestro al sentir que nos abren su corazón, que nos contagian de vitalidad y nos enseñan que el optimismo es clave para anteponernos a todas las adversidades. Son el ejemplo personificado del “nunca tires la toalla.

Dejaré atrás el término “usuarios” para referirme a ellos por su nombre. Muchísimas personas han dejado huella en mí durante las temporadas que llevo en la playa, y aunque puede fallarme la memoria, recuerdo con especial cariño a las siguientes:

Araceli es una jovencita que en septiembre cumplió 101 años. Sí, habéis leído bien, jovencita; porque os aseguro que su mente conservaba la lucidez propia de una muchacha de 20 años. Dicharachera y alegre, pese a que sus piernas y su cadera ya no respondan como ella quisiera. Pese a todo, seguía visitando nuestras playas cada día junto a su cuidadora y la única ayuda de un bastón. Y yo, todas las mañanas la acompañaba con gusto al agua. El protocolo a seguir estaba marcado: a mí me correspondía sostenerla con la sola fuerza de las manos, y ella luego zambullía su cabeza 5 veces para acabar enjuagándose la boca con agua marina. “Costums de vella caparruda” decía ella. Luego, empezábamos nuestro coloquio diario. Abarcábamos cientos de temas, pero si era lunes, debía pasarle sin falta el parte del fin de semana. Si havia festetjat (cortejado) a cualque al·loteta. Ella volia una bona mallorquina per jo. Después de la temática farandulera solíamos acabar hablando de política y derechos sociales varios. En la playa de Ciutat Jardí, a escasos 10 metros de la orilla con el agua por la cintura, creíamos solucionar los problemas del mundo. Recuerdo que entre muchas de sus vivencias, me relató que estuvo a punto de ser arrestada en la posguerra civil española porque una vecina suya, la cual le tenía envidia porque cosía mejor que ella, gritó enervada ante los grises “¡Roja, es una roja!”. Sólo su infinita verborrea y labia le salvaron de aquella desagradable situación. Araceli se jactaba de ello y se autodefinía como “més roja que en Carrillo.

Como habéis podido observar, hago referencia a ella en pasado pues, lamentablemente, le he perdido la pista este verano. Quiero pensar que permanece risueña y tranquila en una residencia, dado que era un plan que contemplaba para el pasado invierno. Llevaré siempre conmigo una parte de su legado dado que me regaló varios libros, todos con una sinopsis en la primera hoja en blanco con su opinión al respecto. Entre ellos se encuentran “El Socialismo” y “El futuro ya no es lo que era” de su idolatrado y venerado Felipe González. Mujer valiente y de armas tomar…

Araceli: estés donde estés, siempre te estaré profundamente agradecido.

Otro personaje protagonista de nuestras playas es Salvatore, nuestro particular galán italiano. Un caballero a la antigua usanza, de los que ya no quedan. ¿Qué socorrista no conoce a Salvatore? La jovialidad personificada, la alegría de nuestra huerta de arena. Nos endulza el día con abrazos y besos. Nuestra labor para con él es meramente ayudarle a introducirse y sacarle del agua con la ayuda de las muletas anfibias. Una vez dentro, siempre se va nadando hasta la boya de los 200 metros si el día acompaña. – “Si sigues así, estás a tiempo de medirte en las olimpiadas con Michael Phelps”- bromeo a diario con él. Porque si algo sabemos los socorristas es que si Salvatore quiere nadar, nadará; y nada se interpondrá en su camino. Ya podría Poseidón en persona tratar de impedírselo, que acabaría desistiendo ante el muro infranqueable de la voluntad de nuestro querido Salvatore. Si en Ca’n Pere Antoni el agua está sucia, pone rumbo a Ciutat Jardí. Y si en Ciutat Jardí hay demasiadas olas, acaba haciéndonos una visita a Cala Estancia. Nunca se marcha sin darte un caluroso abrazo y su eterno agradecimiento. Lo que él todavía no sabe, es que nos embriaga de felicidad y satisfacción ver que, día tras día, llegaba con más rapidez a la boya y se encuentra mejor de su cadera.

Grazie mille Salvatore.

Por último y no menos importante, mi amigo Manolo, fichaje estrella de esta última temporada. Un mallorquín de pura cepa, noble y grandullón. Desgraciadamente hace escasos meses tuvieron que amputarle la pierna derecha. Nuestro servicio de accesibilidad ha sido para él un bálsamo de esperanza. Pensaba que no podría disfrutar nunca más del mar que tanto ama. Pasa horas junto a su cuidador dentro del agua. ¡Pronto le saldrán escamas! Bellísima persona, de las que no les cabe el corazón en el pecho. No pierde tiempo en preocupaciones, él aporta soluciones. Como dijo Henry Ford:

“Tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, tendrás razón.

Y Manolo puede, claro que puede. Estoy convencido de que el año que viene nos visitará con la única compañía de una muleta, adaptándose perfectamente a la pierna ortopédica con la que ya está practicando. Mi único inconveniente con él es que es merengue hasta la médula. Acabaremos disfrutando de esa paella que nos apostamos en alguna terraza de Ciutat Jardí, porque ya le he advertido de que la liga de esta temporada va teñida de color azulgrana. Puede que no asome la temporada que viene por la playa pues le auguro que deberá rascarse el bolsillo. Pase lo que pase, esperamos contar con su grata y amenizadora compañía todos los veranos.

Otros encantadores moradores que poblan la zona de reposo de accesibilidad son las numerosas asociaciones, centros de día u ONG’s de personas dependientes o con algún tipo de minusvalías varias. Esos niños y chavales tienen la mirada más transparente que he visto en mi vida. ¿Y qué decir de sus sonrisas? Me han enseñado que una bonita sonrisa puede que no se consiga mediante ortodoncia, una bonita sonrisa es la que te contagia felicidad y te transporta a un lugar en el que las penurias no existen. Esos chicos hacen magia, tienen el don de alterar tu estado de ánimo siempre para bien. Ya puedes haber llegado cansado al trabajo o con un día poco diplomático que ellos mediante su varita invisible harán que dejes tus banales problemas en casa.

Ellos son la única bondad incorruptible de este podrido mundo. No hallarás rastro de malicia en su profunda mirada. Tienen días malos como todo el mundo, días revoltosos, en los que gritan o sollozan, hacen aspavientos, se rebozan en la arena o intentan escapar de sus cuidadores pero nunca con maldad. Su único afán es la libertad, la libertad que les otorga la playa, fuera de las cuatro paredes de las residencias en las que algunos están internados. Todo les asombra, vuelan y curiosean todo su entorno hasta hacerlo suyo y crear una cálida y tierna atmósfera de la que uno no quiere escapar.

Y no quiero despedir este texto sin hacer mención a los cuidadores de esos chicos. En esta sociedad actual, cada vez hay más gente y menos personas. Mayoría de robots independientes y autómatas frente a la verdadera humanidad de estas personas. Acompañan en el camino a otras personas que necesitan una mano para levantarse y seguir luchando. Potencian sus capacidades para enfrentarse a las dificultades que la vida les ha impuesto injustamente. Es un trabajo durísimo, pero los infinitos ejemplos de personas que consiguen salir adelante con su ayuda, es su razón para no rendirse.

Así que a todos vosotros, eternamente gracias.

P.D: Supongo que habréis averiguado por qué la playa se levanta adormecida cada mañana. Le falta su desayuno en forma de sonrisas de todas estas personas.

 

 

 

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